lunes, 28 de noviembre de 2016

El arte de las conversaciones difíciles


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 28.11.2016]

Acabo de leer un libro muy interesante sobre uno de los temas que más me apasionan, la comunicación. Estuve en la presentación del mismo que organizó Deusto Business School Alumni, el pasado día 15. El título ya engancha, “¿Cómo se lo digo? El arte de las conversaciones difíciles. El impulso de cambios efectivos a través del diálogo”(Barcelona, Libros de cabecera, 2016). Y si escuchas al autor, Enrique Sacanell, aún te enganchas más…
Me gustó mucho la introducción que hizo Fernando Fantova el día de la presentación. Él, que es amigo y conoce al autor desde hace muchos años, nos dijo que al leer el libro había encontrado cinco Enriques:
1. El cómplice, que busca complicidad. Nos contó cómo se había podido votar el título definitivo del libro en las redes.
2. El cuidadoso. Es un libro ‘coqueto’, un producto cuidado.
3. El estudioso, el experto. Se nota que sabe de lo que habla; se hace cargo del estado de la cuestión sobre el tema.
4. El acompañante, el consultor. Una cosa es saber, conocer y otra saber acompañar en un tema.
5. El convencido, para él el más valioso. El libro revela su fe en el ser humano y en la conversación. Muestra una convicción profunda en el poder transformador del diálogo. En su opinión el libro deja poso por la actitud y la apuesta por construir del autor.
Enrique comentó que empezó a escribir el libro mucho antes de saber que lo iba a escribir. En muchos de los procesos de acompañamiento que hacía notaba que faltaba una conversación (o varias) o que sobraba una mal hecha (o varias). Muchas de las dificultades que las personas se encontraban en el trabajo tenían que ver con cómo se comunicaban. No existe una conversación difícil per se. Conversaciones difíciles son aquellas que a cada uno nos cuestan por las consecuencias que anticipamos de las mismas (puede tener que ver con expresar quejas, peticiones, reclamar algo, decir que no… hablar con un superior o con alguien con posicionamientos muy diferentes a los nuestros…). Veamos un ejemplo en clave cómica en este anuncio. El problema es que vamos postergando estas conversaciones. Puede que nos autoengañemos… “tenerla la tendría, pero las circunstancias…”. “El saber que no hemos sido capaces o no hemos tenido el valor de afrontar esa conversación nos mina. Además, el silencio, el vacío que deja esa conversación no mantenida, ‘no tarda en llenarse de veneno, de necedad y de representaciones erróneas’ (C. Northcote Parkinson, historiador británico)” (p.33). Puede pasar también que una conversación que no parecía difícil se transforme en tal. Hay señales en el interlocutor que nos lo pueden indicar: silencio, reacciones desproporcionadas, síntomas de inseguridad o intranquilidad… Si percibo que no va a acabar bien o que me está alterando mucho (o a mi interlocutor) es más acertado parar y posponer la conversación.
Me gustó mucho la reflexión de Enrique sobre si nos comunicamos más o menos que antes, dados los avances de la tecnología, las redes sociales… Antes vivíamos en una sociedad de buceo, ahora es más de surfeo. Se tocan más olas pero se profundiza menos. Conversar es mucho más que hablar, que comunicarse. Muchas veces no vamos más allá de monólogos entrelazados.
Las conversaciones difíciles son una herramienta para hacer cambios profundos, tanto en el ámbito personal como en el profesional. “Cuando hay un problema en una organización, en un equipo o en una relación, generalmente lo que falta es una conversación” (p.49). A veces hay que mantener varias conversaciones para que el cambio sea efectivo porque una sola no es suficiente. “Cada conversación es un universo irrepetible e impredecible. Navegar por cada una de ellas es un arte” (p.93).
Para que no haya desencuentros es importante que tanto el emisor como el receptor sintonicen las mismas claves. El autor nos recuerda la teoría del cuadrado de la comunicación (o modelo de las 4 orejas) de Friedemann Schulz von Thun que dice que lo expresado tiene cuatro caras: 1) el contenido objetivo, lo literal (es fundamental  cultivar la claridad expositiva); 2) la autoexposición, aquello que dice de sí mismo, aunque no lo pretenda, el emisor (es clave la autenticidad); 3) la relación, lo dicho habla del tipo de relación, del lugar desde el que se habla (el éxito de una conversación pasa por un profundo respeto del otro y de su punto de vista aunque no lo compartamos) ; 4) la incitación a la acción, nuestras palabras indican de forma más o menos explícita lo que quisiéramos que ocurriera (una vez más es importante la claridad expositiva, el otro no tiene por qué suponer o leer entre líneas). Cada uno de nosotros desarrolla mayor sensibilidad hacia uno de los lados. Es importante que cada uno sepa cuál es el suyo y el de la persona con la que se comunica.
En una conversación se dan varias conversaciones: sobre las emociones, sobre lo que pasa, sobre la identidad y la relación y sobre la acción. Además, un elemento importante en cualquier conversación, y más en una difícil, es manejar nuestra conversación interna y distanciarnos de ella. En ésta tiene mucha influencia lo que Chris Argyris denomina la escalera de inferencias.

Enrique propone en el libro el modelo CEMA que son una serie de pautas para contribuir a que una conversación difícil se desarrolle lo mejor posible. Hay cuatro fases, además de un pre y un post, y una actitud que debe estar presente en todo el proceso, la escucha. En este caso el orden de las fases es importante, aunque a lo largo del proceso puede ser necesario volver a fases anteriores o aplazar la conversación. Veamos brevemente cada una de ellas (la segunda parte del libro las explica con detalle):


1. “Prepárate”. A mayor preparación más posibilidades de éxito aunque tengamos que improvisar. Esto incluye: tener claros nuestros objetivos; conocer nuestra emocionalidad; cuestionar nuestra conversación interna (qué me estoy contando a mí misma); pensar en cómo es, piensa y siente la otra persona. “La carga emocional que conlleva una conversación difícil nos lleva con rapidez a olvidar las buenas intenciones para adentrarnos en una dinámica de vencedores y vencidos, una dinámica bélica” (p. 111).
2. “Construye el contexto adecuado”. El inicio es muy importante. Tenemos que ser capaces de dar seguridad a la otra persona y aclararle el contenido y objetivo de la conversación. También es importante el lugar y contar con el tiempo necesario.
3. “Explora el punto de vista de la otra persona”. Antes de lanzar nuestra opinión y propuestas es fundamental dar cabida a que el otro exprese cómo ve el tema. Hacerlo muestra consideración y respeto hacia el otro. Como dijo el autor, implica atribuir la “presunción de inteligencia”.
4. “Muestra la forma en que tú lo ves”. Debemos ser claros y concretos respecto a los hechos que nos incomodan o disgustan y debemos mostrar cuán importante para nosotros es la necesidad de cambio.
5. “Busca un acuerdo, un compromiso de acción y cierra bien”. Una conversación tiene éxito cuando se consigue un acuerdo y un compromiso de hacer o dejar de hacer (que puede afectar a una parte o las dos).
6. “Y, en todo momento, escucha activamente”. Supone estar atento a lo que el otro dice y lo que no; escuchar con los oídos y con los ojos; percibir sus emociones. Exige controlar nuestra conversación interna y estar atentos también a nuestras reacciones. “Saber escuchar es saber aprender, de la misma manera que saber aprender implica saber escuchar. Aprender no es otra cosa que abrirse a ser transformado, a cambiar, a ser diferente, con la expectativa de ser mejor, de tener más capacidad de acción” (Rafael Echeverría).
7. “Seguimiento”. Conviene concertar nuevas conversaciones para hacer una revisión de lo acordado.
Me gustaría acabar esta entrada con una frase del autor… “conversar es un arte y no hay arte que quepa en una receta” (p.209). Afrontemos nuestras conversaciones difíciles y salgamos reforzados de las mismas…



viernes, 25 de noviembre de 2016

En el Día Internacional de Eliminación de la Violencia contra la Mujer…



El Día Internacional de Eliminación de la Violencia contra la Mujer fue establecido en 1999 por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Transcribo las razones que da la ONU para la celebración de este día:
    
  • “La violencia contra la mujer es una violación de los derechos humanos”.
  • “La violencia contra la mujer es consecuencia de la discriminación que sufre, tanto en leyes como en la práctica, y la persistencia de desigualdades por razón de género”.
  • “La violencia contra la mujer afecta e impide el avance en muchas áreas, incluidas la erradicación de la pobreza, la lucha contra el VIH/SIDA y la paz y la seguridad”. [Animo a ver el siguiente vídeo].
  • “La violencia contra las mujeres y las niñas se puede evitar. La prevención es posible y esencial”.
  • “La violencia contra la mujer sigue siendo una pandemia global. Hasta un 70% de las mujeres sufren violencia en su vida”. [Para quienes les gusten las cifras véanse los Hechos y cifras que aporta ONU Mujeres].


De los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible el Objetivo 5 marcado por la ONU es: “Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas”. En la explicación del objetivo se dice: “La igualdad entre los géneros no es solo un derecho humano fundamental, sino la base necesaria para conseguir un mundo pacífico, próspero y sostenible”. La brecha de género es una realidad. En su informe de 2016 el Foro Económico Mundial señala que faltan todavía 170 años para que se cierre la brecha (se tienen en cuenta cuatro áreas: salud, educación, economía y política). El pronóstico ha empeorado desde que comenzó la crisis y difiere según regiones. Se han dado avances, sobre todo en el ámbito de la educación y de la salud. Hay evidencias de que a menor brecha mejores indicadores de crecimiento económico. [Véase este interesante artículo que lleva por título “Sin mujeres no hay desarrollo”].

Me ha gustado la Declaración de Phumzile Mlambo-Ngcuka, Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, en torno al día de hoy:  “Creemos en un mundo en el que las mujeres y niñas puedan realizarse y prosperar en paz del mismo modo que los hombres y niños, compartiendo y beneficiándose de sociedades que valoran sus habilidades y aceptan su liderazgo. Y eso es lo que intentamos conseguir con nuestro trabajo. La violencia contra mujeres y niñas tiene consecuencias devastadoras para las personas y la sociedad” [véase aquí la Declaración completa]. Lo veo claro, es necesario empoderar a mujeres y niñas y erradicar la violencia contra ellas. No sólo es una cuestión de justicia sino, probablemente, de supervivencia y de avance de la Humanidad. Hay un proverbio chino que me parece muy sugerente… “las mujeres sostienen la mitad del cielo”.

Hay voces que se alzan en contra del discurso del género. Recientemente he leído un artículo cuyo título ya da qué pensar “La ideología de género es ‘una reingeniería social perversa, totalitaria y basadaen mentiras’” . El artículo es una entrevista a una autora que ha publicado un libro que supuestamente “desmonta intelectualmente la ideología de género”. Transcribo algunas de las preguntas del periodista que muestran claramente una carga ideológica: “¿Y por qué el mundo educativo acepta tan pasivamente el adoctrinamiento de género, la perspectiva de género, la verborrea de género...?”; “La naturaleza siempre ‘se venga’ de las violaciones de la ley natural. ¿Se empieza a ‘vengar’ también de la ideología de género?”; “¿Hay una relación entre feminismo e incremento de las rupturas matrimoniales?”; “¿Niega usted entonces un factor esencialmente "machista" en ese tipo de violencia?”… Transcribo la respuesta  que da la autora a esta última pregunta: “La violencia sobre la mujer solo por ser mujer y sentirse el hombre superior es excepcional en los países igualitarios, pero se aplica como única causa. Y esto hace incrementar la ratio de tales hechos violentos…y criminaliza al varón, culpable por genes de tal violencia”. Posiciones como ésta parecen ignorar tanto la construcción histórica y social que supone el patriarcado como la existencia de distintas corrientes en el feminismo. Además, no creo que ayuden a erradicar un problema social que es muy serio y con unas raíces muy profundas. “Ni una menos”, “No es no”, “Si te pega no es amor”… son mucho más que movimientos o lemas. Son ‘gritos’ unánimes que deben calar en nuestras sociedades para que estas sean  más justas y más humanas.


Para terminar dejo un interesante instrumento elaborado por la Unidad Politécnica de Gestión con Perspectiva de Género, el Violentómetro


viernes, 4 de noviembre de 2016

Corre. Vuela. No te detengas.


[He publicado esta entrada en el Blog de Inteligencia Emocional de Eitb el 04.11.2016]

El título de esta entrada es el lema del anuncio “El Efecto Pigmalión” de Divina Pastora Seguros ganador de un Bronce en publicidad, en el apartado spots, en la edición de 2016 de los Premios Laus (se puede ver al final). Soy una firme convencida de la fuerza del efecto Pigmalión. De hecho, tengo un lema que trato hacer realidad en mí y en otras personas: “Querer es poder… Creer es crear”. Se suele hablar de este efecto también como las profecías que se autocumplen. “Las profecías tienden a realizarse cuando hay un fuerte deseo que las impulsa. Del mismo modo que el miedo tiende a provocar que se produzca lo que se teme, la confianza en uno mismo, aunque sea contagiada por un tercero, puede darnos alas” (Alex Rovira). Me gusta mucho cómo acaba el artículo “Algunas curiosidades sobre el anuncio”: “Ya sabes, haz tuyo el efecto Pigmalión y cambia lo ‘imposible’ por ‘lo posible’ y el ‘Nunca lo intentes’ por ‘No te detengas’”.

Recientemente mi hijo mayor, Xabier, ha cumplido 18 años y estoy dándole muchas vueltas al efecto Pigmalión. Es un gran lema ahora que legalmente ha alcanzado la vida adulta el “corre, vuela, no te detengas”… mi gran duda es si ese es el mensaje que le he trasmitido a lo largo de todos los años anteriores… Sí que soy consciente de que cada vez que me decía cosas como “¿soy un payaso ama?”, le respondía: “No cariño, no eres un payaso… A veces haces tonterías y las haces muy bien…”. En uno de los roles más importantes de nuestra vida, el de padres y madres, en ocasiones no caemos en la cuenta del poder que tienen nuestras palabras sobre esas personitas que aprenden de nosotros como esponjas y que harían cualquier cosa por no decepcionarnos (independientemente de que lo que esperemos sea positivo o negativo).

El otro día presencié una escena en la entrada del supermercado que me removió profundamente. Estuve a punto de intervenir pero dudé de si sería una buena idea y no lo hice. Pensé que igual empeoraría la situación. En las taquillas que hay en la entrada para guardar las bolsas estaban una madre y un hijo de unos 14 años. El niño tropezó con la madre y ésta se hizo daño. De repente, con la cara invadida por la ira, la madre le empezó a gritar: “qué torpe eres; mira que eres inútil, cómo se puede ser tan idiota…”. No soy quién para juzgar a esa madre pero sí puedo afirmar que esa comunicación no fue adecuada, que ese no es un buen mensaje para un hijo (y menos en público). La cara del niño lo decía todo… una mezcla de vergüenza, resignación y, sobre todo, dolor… Qué fácil es herir a alguien, minarle su autoestima y qué difícil reparar ese daño. Me recordó una historia que solemos contar en nuestros cursos, El papel arrugado:

“Contaba un predicador que, cuando era niño, su carácter impulsivo lo hacía estallar en cólera a la menor provocación. Luego de que sucedía, casi siempre se sentía avergonzado y batallaba por pedir excusas a quien había ofendido.

Un día su maestro, que lo vio dando justificaciones después de una explosión de ira a uno de sus compañeros de clase, lo llevó al salón, le entregó una hoja de papel lisa y le dijo:
     ¡Arrúgalo! —El muchacho, no sin cierta sorpresa, obedeció e hizo con el papel una bolita.
     Ahora —volvió a decirle el maestro— déjalo como estaba antes.

Por supuesto que no pudo dejarlo como estaba. Por más que trataba, el papel siempre permanecía lleno de pliegues y de arrugas. Entonces el maestro remató diciendo:
     El corazón de las personas es como ese papel. La huella que dejas con tu ofensa será tan difícil de borrar como esas arrugas y esos pliegues”.

Una vez abierta la herida de poco sirve decir “lo siento”, “no sabía lo que decía”, “me he descontrolado”, “me he dejado llevar”, etc. Esa herida deja cicatriz y esa cicatriz es más profunda cuando la herida nos viene de alguien muy querido o relevante para nosotros. Y no debemos olvidar tampoco que muchas veces las heridas nos las causamos nosotros mismos. A veces somos quienes nos decimos las cosas más terribles, quienes nos ponemos los mayores obstáculos… Nos debería saltar una alarma cada vez que nos decimos cosas como: “qué tonta soy”, “qué inútil”, “no puedo ser más torpe”, “¿cómo puedo ser tan despistada?”, etc.

En este contexto es relevante también hablar de los mentores. Mentor es un personaje de la mitología griega, el consejero de Telémaco en la Odisea. Si acudimos al diccionario de la RAE las dos primeras acepciones son: 1) m. y f. Consejero o guía; 2) m. y f. Maestro, padrino. La mayoría de las personas que ejercen liderazgo o que han alcanzado posiciones de poder suelen relatar que en su vida han tenido uno o varios mentores; han encontrado personas que les han ayudado, sabiéndolo o no, a dar lo mejor de sí mismas. Cualquiera de nosotros puede ser un mentor para otra persona y hacer una diferencia en su vida; para ello es necesario ver no lo que la otra persona es sino lo que puede llegar a ser. Todos podemos contribuir a mejorar la autoestima de otra persona. Lo importante, como señala este interesante vídeo, es dar el mayor número de fichas de póquer posible y quitar sólo aquellas que sea necesario…

En una entrevista César Bona, uno de los 50 finalistas para el Global Teacher Prize de 2015 (considerado el Nobel del profesorado), señalaba: “Los niños no son solo los adultos del mañana: son habitantes del presente. Subestimamos constantemente a los niños y su creatividad, pero todos tienen un talento; solo hay que saber abrir la puerta para que lo saquen. Y ahí es donde intervenimos los maestros, viendo lo que los demás son incapaces de ver”. Esta afirmación es válida no sólo para los niños. Todas las personas tenemos uno o varios talentos. Y es misión de todo educador ayudar a aflorar dichos talentos, no sólo de los educadores de edades más tempranas, y no sólo en el ámbito escolar sino en todos los de nuestra vida.

Ojalá seamos capaces de animar e impulsar a avanzar a las personas con las que nos relacionamos. Ojalá de nuestros labios salga el “corre, vuela, no te detengas” que haga al otro dar lo mejor de sí mismo.




lunes, 17 de octubre de 2016

La fraternidad como desafío educativo


“La educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable. También mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos, ni quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común” (Hannah Arendt )

“Artículo 1. El genoma humano es la base de la unidad fundamental de todos los miembros de la familia humana y del reconocimiento de su dignidad intrínseca y su diversidad. En sentido simbólico, el genoma humano es el patrimonio de la humanidad” (Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, 1997).

El 8 y 9 de octubre asistí en Madrid a un Congreso de Educación que tenía un título similar al de esta entrada y estaba organizado por Humanidad Nueva, una rama del Movimiento de los Focolares. Allí nos reunimos educadores de distintos niveles y lugares unidos por este desafío. Compartiré aquí algunas de las ideas que me llevé y otras que he elaborado un poco.

Empezaré hablando sobre cómo se entiende la fraternidad desde la espiritualidad de la unidad. Veamos estas palabras de la fundadora del Movimiento de los focolares, Chiara Lubich, en las que reflexiona sobre los ideales de la modernidad: la libertad la igualdad y la fraternidad, que es la gran olvidada (el subrayado es mío):

“Pero la afirmación exclusiva de la libertad, como bien sabemos, puede transformarse en el privilegio del más fuerte, mientras que la igualdad, y la historia lo confirma, puede traducirse en un colectivismo que masifica. Por otra parte,  muchos pueblos en realidad todavía no se benefician con los contenidos de la libertad y la igualdad…
¿Qué se puede hacer para que su puesta en práctica produzca frutos maduros? ¿Cómo volver a encauzar la historia de nuestros países y de toda la humanidad hacia ese destino que le pertenece? Nosotros creemos que la clave se encuentra en la fraternidad universal, en darle el justo lugar entre las categorías políticas fundamentales.
Solamente si se viven uno a la par del otro, los tres principios podrán dar origen a una política adecuada a las exigencias de hoy” (Discurso en la Cámara de los Comunes, Westminster, Londres, 22 de junio de 2004)

Veamos también cómo entiende Chiara Lubich la educación, desde esta idea de la unidad (los subrayados son míos):

“Podemos definirla siempre como el itinerario que el sujeto educando (individuo o comunidad) cumple, con la ayuda del educador o de los educadores, hacia un deber ser, un fin considerado válido para el ser humano y la humanidad. […]
Nosotros hemos tenido la gracia de conocer a Dios. Él, que es Amor, ciertamente no es un juez lejano, un enemigo celoso que aniquila con su potencia al hombre o que no se preocupa de él. Al contrario, es un educador que reconoce al hombre en su identidad irrepetible, que exalta al hombre. Él ama al hombre y por eso es también exigente: como verdadero educador pide y educa a la responsabilidad, al compromiso. […]
La nuestra es la misma finalidad de Jesús, que podríamos definir: su finalidad educativa: ‘Que todos sean uno’: por tanto, la unidad profunda y sentida con Dios y entre los hombres. […]

La unidad es una aspiración muy actual. A pesar de las innumerables tensiones del mundo contemporáneo, nuestro planeta, casi paradójicamente, tiende a la unidad: la unidad es un signo y una necesidad de los tiempos”. Discurso Doctorado Honoris Causa en Pedagogía por la Universidad Católica de América, Washington, noviembre 2000.


Educar es una gran tarea y una gran responsabilidad que cobra un especial sentido desde el desafío de la fraternidad. Se trata de educar para lo difícil. Educar en y para la libertad y la responsabilidad. Esto afecta al educador y al educando, les compromete al uno con el otro y con la humanidad.  “La libertad es libertad de ‘hacer’, pero también es libertad de ‘querer’: la libertad de ‘querer’  es libertad interior, la libertad de ‘hacer’ es libertad exterior y consiste en ejercer o  exteriorizar la libertad interior” (Unicef va a la escuela, un interesante material para  trabajar la libertad y la igualdad en la escuela). Educar para ser que va mucho más allá de la transmisión de conocimientos que hoy en día están fácilmente accesibles con las nuevas tecnologías. Y todo ello partiendo de que somos seres en relación; las relaciones son fundamentales para crear y adquirir conocimientos, lo que como educadores no nos debe llevar a caer en el coleguismo y la permisividad.  “El amor constituye la única manera de aprehender a otro ser humano en lo más profundo de su personalidad. Nadie puede ser totalmente conocedor de la esencia de otro ser humano si no le ama” (Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido).

Educar viene de “educere” (latín), que significa sacar de adentro. Para ello es necesario, como señaló Araceli del Pozo, generar una relación educativa, una mirada, que vaya más allá de la apariencia; y esto exige unos rasgos en el educador:
  • Acoge la no respuesta inmediata, tolera el vacío y el silencio.
  • Es prudente.
  • Es paciente.
  • Ve más allá y sabe esperar (lo que evoca al efecto Pigmalion).
  • Tiene una disposición acogedora, la actitud es la de “hacer el bien” al otro.
  • No es inerte, inactivo, apático.
  • Realiza un acercamiento desde la respetuosa espera; a través de la pregunta y la guía, no del adoctrinamiento.
  • Parte del convencimiento de que en la práctica casi todo vale si sirve para crecer.
  • Los rasgos anteriores van refrendados por una coherencia de vida.

Todo lo anterior puede hacer pensar que los educadores son una especie de héroes, pero se trata más de una filosofía y una actitud, de una manera de ser y de entender la educación, un horizonte desde el que trabajar.

En el congreso se presentaron dos iniciativas que me parecieron especialmente sugerentes:

Atlas de la fraternidad universal  “Una de las etapas del Proyecto Mundo Unido (UWP) prevé la creación de un observatorio permanente e internacional, el Observatorio Mundo Unido (United World Watch), que se compromete a promover la cultura de la fraternidad universal, registrando acciones fraternas de personas, grupos o pueblos. Entre sus objetivos quiere  profundizar las varias declinaciones del principio de fraternidad, a través de fórum, estudios y laboratorios también”. (véase el vídeo de presentación de UWP).

Living Peace International que tiene como objetivo general “hacer crecer lo más posible en los distintos ambientes de aprendizaje y de vida, el compromiso de vivir por la Paz, renovando  relaciones, reforzando colaboraciones, cooperando así juntos, para la construcción de una ‘red’ de Paz en el mundo” (véase el vídeo de presentación del proyecto).

Para terminar un breve vídeo del  Dr. Mario Alonso Puig y una invitación a participar de este apasionante reto, vivir y educar en y desde la fraternidad. 


jueves, 13 de octubre de 2016

Por un bien vivir y un bien morir


En la entrada anterior comentaba que hace poco más de dos años comencé mi personal camino de Ignacio, que en esta ocasión (del 28 al 30 de septiembre) cambiamos Loiola por Javier y que el primer día hablamos sobre el discernimiento. Los dos días siguientes tuvimos la suerte de contar con otra gran profesora, Marije Goikoetxea, a quien tengo el placer de conocer desde hace casi treinta años. Con ella, que es experta en Bioética, hablamos de Ética personal en el momento inicial y final de la vida desde la perspectiva cristiana (cuya especificidad reside en que el otro es presencia de Dios en mi vida, por lo que al decidir sobre él estoy decidiendo sobre mí mismo). En esta entrada me voy a centrar en el final de la vida y compartiré algunas de las ideas allí trabajadas. Voy a resumir mucho y por eso incluyo algunos artículos que pueden servir para profundizar.

Empezaré diciendo que, en contra de lo que le ocurre a mucha gente, a mí no me cuesta hablar del dolor, la enfermedad y la muerte. Me parece fundamental elaborar bien los duelos. Ya tengo bastantes experiencias de pérdida (sobre algunas de ellas he escrito en este blog)… Estoy muy de acuerdo con Anaïs Nin en que “las personas que viven profundamente no tienen miedo a la muerte”. No deja de ser la otra cara de la moneda…

Me gustó mucho el encuadre que hizo del tema explicando cómo había ido evolucionando el concepto de salud:
  1. Concepto de naturalista. La salud es una cuestión científico empírica y lo que se trata es de ajustar.
  2. Salud como ausencia de patologías.
  3. Salud como bienestar: "La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades" (OMS).
  4. Salud como apropiación, lo que supone hablar de corresponsabilidad médicos-pacientes [véase The Hastings Center, uno de los más prestigiosos institutos de investigación bioética].

Dentro de la última concepción es donde encajaba su visión, que asimila libertad y salud, que es la “capacidad de vivir de acuerdo con uno mismo”, la capacidad de llevar adelante el propio proyecto de vida ¿Qué implica esto?
  • Reclama sentido. Hace referencia al para qué: para qué vivir, para qué proyecto, para qué fines. Cuando se tiene un para qué pueden cobrar sentido el dolor y las pérdidas.
  • Exige libertad. No deben existir coacciones ni internas ni externas. Libertad y responsabilidad son dos caras de la misma moneda. Como suelo decir en clase: “porque somos libres somos responsables, y en la medida que respondemos de lo que hacemos (o dejamos de hacer) nos hacemos libres”.
  • Necesita capacidad y conocimiento personal para ver la realidad y desde esa lectura, matizada por nuestro propio recorrido, elegir.
  • Se concreta en un código moral propio. Cada uno tiene su propuesta de vida buena aquí y ahora en función de su jerarquización de principios y valores, que puede reconfigurarse en función de las propias experiencias.

Somos seres con dignidad, personas que son fines en sí mismas que no pueden ser utilizadas como puros medios; lo que reclama y exige consideración y respeto y nos obliga al bien. Y lo somos en relación. Los seres humanos somos frágiles e interdependientes. Con-vivimos y con-morimos en un sistema de relaciones [véase este sugerente, y breve, artículo de Adela Cortina].

La muerte es un proceso. Igual que tardamos unos 9 meses en nacer, se tarda de media entre 3 y 6 meses para salir de la vida. Es un proceso de pérdidas: aumentan las carencias y, por tanto, las dependencias, lo que conlleva vulnerabilidad (o posibilidad de sufrir). Los temas más complejos en bioética son, precisamente, los que tienen que ver con estos procesos inicial y final. “Existe, sin embargo, un acuerdo ético y jurídico básico sobre ciertos contenidos y derechos en torno al ideal de una buena muerte: el derecho a recibir cuidados integrales y de calidad, y el derecho a que se respete la autonomía de la persona enferma también en el proceso final de su vida” (LEY11/2016, de Gobierno Vasco, de 8 de julio, de garantía de los derechos y de ladignidad de las personas en el proceso final de su vida). El proceso final de la vida puede variar en función de la enfermedad que nos lleve al mismo que, como vemos en el siguiente cuadro, puede ser aguda o crónica.

¿Y cómo podemos decidir en casos concretos? Según Juan Masiá, sj  hay cinco pasos del proceso de discernimiento y decisión moral, que son especialmente importantes ante decisiones difíciles:  1) actitudes básicas (apela a un cierto nivel de desarrollo moral y un proyecto de vida), 2) informaciones concretas (y correctas), 3) honradez de pensamiento (para hacer una interpretación adecuada es necesaria la capacidad y aplicar un razonamiento moral adecuado), 4) ayuda de otras personas (en temas de bioética el trabajo en equipo es una obligación ética ya que quién representa mejor la voluntad de la persona afectada principalmente), 5) decisión responsable de acuerdo con la propia conciencia (asumiendo que podemos equivocarnos) [para ampliar véase el capítulo cinco].

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado” (Gaudium et spes, n.16)

Lo primero que tenemos que hacer es determinar con prudencia si la situación es terminal. A partir de ahí debemos aplicar los principios generales (ver la tabla siguiente). Es necesario  hacer una evaluación clínica completa (no maleficencia); evaluar los recursos para no discriminar (justicia) y hacer una evaluación del propio paciente (autonomía y beneficencia) [para profundizar en los principios véase este artículo del Dr. Jacinto Batiz y la Dra. Pilar Loncan, expertos reconocidos en cuidados paliativos]. Es fundamental hacer un buen proceso de deliberación moral teniendo como punto de partida el compromiso con el otro [para profundizar en este tema véase el artículo del Dr. Diego Gracia Guillén]. 


Los problemas éticos y los valores que están en juego en el proceso final de la vida varían en función de si nos encontramos ante una enfermedad aguda o crónica. Veámoslo en el siguiente cuadro:


Si hay una idea que me quedó muy clara es lo importante que es dejar instrucciones precisas para que otros puedan cumplir realmente nuestra voluntad en el proceso del final de la vida y no haya dudas sobre quién nos representa mejor. Voy a hacer mi testamento vital o documento de voluntades anticipadas (DVA) y voy a animar también a mi entorno a realizarlo. Veamos cómo explica la web de Osakidetza (Sistema Sanitario Público Vasco) en qué consiste el DVA:

“El Documento de Voluntades Anticipadas es un documento escrito dirigido al médico responsable en el que una persona mayor de edad, que no haya sido incapacitada judicialmente para ello, de manera libre y de acuerdo a los requisitos legales, expresa las instrucciones a tener en cuenta cuando se encuentre en una situación en la que las circunstancias que concurren no le permitan expresar personalmente su voluntad.
En este documento la persona también puede designar un representante o varios, que será el interlocutor válido y necesario con el médico o equipo sanitario, y que le sustituirá en el caso que no pueda expresar su voluntad por sí misma.
El médico responsable, el equipo sanitario y el sistema de atención sanitaria están obligados a tenerlo en cuenta y a aplicarlo de acuerdo a lo establecido en la ley”.

Para terminar dejo un vídeo con una entrevista a Marije Goiko, “Voluntades Anticipadas”





jueves, 6 de octubre de 2016

Discernimiento… el instrumento del amor



Hace poco más de dos años comencé mi personal camino de Ignacio. En esta ocasión hemos cambiado de emplazamiento. Del 28 al 30 de septiembre nos hemos reunido en Javier (Navarra), en lugar de Loiola. El primer día contamos con el jesuita y teólogo Josep M. Rambla Blanch con quien trabajamos el tema del discernimiento. Comentaré aquí algunas de las ideas recogidas. Hablamos del discernimiento cristiano (en concreto de la pedagogía propuesta por San Ignacio de Loiola) pero muchas de las ideas pueden servir para cualquier persona, creyente o no.

Comenzó señalando que la pasión, la calidez, la ilusión… nos tienen que comer por dentro para poder contagiar. Tiene que darse una sobria ebriedad… para poder transformar nuestras vidas y los lugares en los que estamos. A renglón seguido nos preguntó qué nos sugería el término discernimiento. Las respuestas fueron muy interesantes:
Elegir desde la razón con el corazón;
Sentir que decides a la ignaciana;
Elegir entre dos cosas buenas;
Profundizar…

Podríamos empezar preguntándonos por qué tiene sentido hablar de discernimiento para un cristiano:
- Porque como señaló S. Pablo: “no vivís bajo la ley, sino bajo la gracia” (Rom 6, 14). Convertir los evangelios en un código es desvirtuarlos. Debemos dejar que el Espíritu trabaje en nuestros corazones. “El discernimiento es algo personal, ya que Dios nos conoce a cada uno por nuestro nombre y se nos comunica de forma individual e irrepetible” (P. Rambla, sj).
 - La vida cristiana es creatividad. O creamos o no somos fieles a Jesús de Nazaret. Está claro que cada uno lo va a hacer desde su lugar social (que está influido por la educación, la trayectoria, la familia, la formación, etc.). Cada uno debe tocar el instrumento que le corresponde pero con una sintonía de fondo…
Marcel Légaut distingue entre religiones de autoridad y religiones de llamada.  “No hay ninguna doctrina que pueda ser comprendida y tenga que ser aceptada de la misma forma por todos los hombres. No hay ninguna ley que pueda ni tenga que ser cumplida por cualquier hombre y en cualquier circunstancia que sea” (Marcel Légaut). El cristianismo es una religión de llamada. El discernimiento sirve para saber escuchar la llamada. “Quien tenga oídos, escuche lo que dice el Espíritu a las iglesias” (Ap 2, 11). Discernir es educar nuestro oído evangélico…

Trabajamos un artículo muy sugerente de José María Rodríguez Olaizola, sj, La hora de los indecisos (Sal Terrae, n.98, 2010, pp.485-494). Decidir implica riesgo, renuncia, apuesta, cierta incertidumbre, fuerza de voluntad (a veces se da una ‘inflación del deseo’), compromiso, soñar lo posible, tener derecho a equivocarse… “Jesús de Nazaret pasó por el mundo invitando a la gente a decidir. Sin forzarles ni imponerles un camino. Dándoles herramientas para acertar. Invitándoles a optar” (Rodriguez Olaizola, op.cit. p. 494). Como señaló el P. Rambla la palabra clave para el cristiano es Abbá (papá, mamá). El horizonte de elección es la respuesta de un amor. Es el riesgo del amor. En el amor nunca te equivocas, que no quiere decir que todo sea fácil y exento de dolor. Educar en la fe es educar en una relación amorosa. Es descifrar lo que le agrada al Señor que quiere lo mejor para mí… Así mismo nos presentó las cualidades del discernimiento cristiano:
- Conocimiento particular y práctico. Los grandes enunciados nos pierden. Las concreciones no sueles ser ni brillantes ni grandilocuentes. Lo concreto siempre es humilde. Se trata del qué hago, no del qué pienso.  
- Intuitivo y por connaturalidad. No es un proceso deductivo. Hay algo dentro que es como una intuición, es mi sensibilidad transformada.
- Oscuro, no evidente. Sobre lo evidente no es necesario discernir (no robar, no matar…). Es el ‘mientras tanto’, con la conciencia de que hay que transformar.
- Parte del centro de la persona e implica toda la existencia personal. Toca la cabeza y el corazón… transforma la sensibilidad para tomar decisiones con la mirada y el corazón de Jesús.

El P. Rambla también nos dio unas pautas o pasos para el discernimiento en común, que puede ser deliberativo (decide el grupo) o consultivo (el grupo opina y otra persona decide).
- Cambio de sujeto. Debemos pasar del yo al nosotros. Esto exige apertura y generosidad.
- Unidad de objetivo. ¿Compartimos el mismo fin, el mismo objetivo? Para San Ignacio lo que une a una comunidad es la unidad de objetivo. Él no hablaba de comunidad sino de cuerpo, personas que trabajan en sitios distintos con tareas diversas con una inspiración en común.
- Condiciones previas:
- Personales:  ¿estoy en sintonía con el fin? ¿tengo una actitud abierta?... La coherencia, el ser fiel a lo que pienso  y siento, no es ‘fosilización’ (quedarme anclado en una posición). Es necesario un sentido de perte-nencia y corresponsabilidad (exige cierta madurez grupal); así como el deseo de buscar la voluntad de Dios en común que exige creer en la mediación del hermano o hermana (Dios me puede hablar a través del otro).
- Información: sobre las personas, los recursos, las consecuencias, etc. Ser cristiano es estar en el mundo.
- Reflexión a la luz de los datos, las personas, las consecuencias, etc.  Para los cristianos es fundamental que esta reflexión sea orante.
- Escucha y comunicación. Para dialogar primero hay que preguntar y luego escuchar. La escucha es una condición de posibilidad de la comunicación.
- Reflexión sobre lo escuchado. ¿Qué ha sido nuevo? ¿Qué he visto desde una nueva perspectiva?
- Reacción compartida. ¿Ha pasado algo cuando nos hemos comunicado?
- Resumen, que supone retomar lo vivido, destilar lo escuchado.

El P. Rambla acabó con dos ideas fundamentales:
- No hay que apagar la utopía. La utopía es un horizonte al que no hemos llegado pero que nos mueve. Sirve para dar calidad a nuestra vida y a nuestros encuentros, para vivir con más profundidad.
- Uno debe trabajarse personalmente de forma habitual. Para esto puede servir el examen del día, una herramienta que San Ignacio consideraba esencial. Se trata de ‘re-ver’ mi vida, mirar de nuevo…

Después de volver a reflexionar sobre qué es el discernimiento respondería que es la herramienta del amor; el medio para hacer del amor el centro de nuestras decisiones…

Si alguien quiere profundizar en la metodología ignaciana de discernimiento, pinchar aquí.




lunes, 19 de septiembre de 2016

Hambre y sed de conocimiento


El pasado sábado asistí a una reunión de educadores preocupados por la transmisión de valores y un ejercicio responsable de la profesión. El texto que reproduzco nos sirvió de base para la reflexión. Compartiré aquí algunas ideas que me suscitó.

"Medio pan y un libro" Alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuente Vaqueros (Granada) en septiembre de 1931, al inaugurar la biblioteca. (Fuente original)

"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz".

Mi primera impresión es que este texto, de casi cien años, no ha perdido ni fuerza ni validez. A día de hoy yo cambiaría ligeramente la última frase: Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate la humanidad llena de información, pero falta de luz.  Tenemos mucha información, casi demasiada, pero eso no se traduce ni en conocimiento ni en sabiduría. Nuestra juventud, y hablo desde mi experiencia como profesora universitaria, es capaz de buscar información con mucha facilidad pero se limita al “copia/pega”. Le cuesta integrar, elaborar, relacionar… hacer una lectura crítica de la información. ¿Para qué sirve entonces la información? ¿No será para sustentar la quimera de que somos libres y autónomos? Además, ¿quién crea la información? ¿quién la maneja? ¿nos llega toda la información o sólo una parte? Hay una cita de Maximilien Robespierre, quien fuera uno de los líderes de la Revolución Francesa, que resulta muy oportuna: “El secreto de la libertad radica en educar a las personas, mientras que el secreto de la tiranía está en mantenerlos ignorantes”. Educar personas, que no adoctrinarlas, lo que supone ayudarles a pensar y decidir por sí mismas. Podríamos entrar aquí, pero no lo voy a hacer, en las nefastas consecuencias que puede tener en el aprender a pensar la eliminación de la Filosofía en 2º de Bachillerato (véase este artículo).

En su intervención en el acto de Apertura del Curso 2016‐2017 el 15 de septiembre de 2016 en la Universidad de Deusto (Bilbao), nuestro Rector, José María Guibert sj, pronunció unas palabras que me parecen muy sugerentes para todas las personas que participamos en la misión de la universidad: “Si nos fijamos en esa primera misión de la universidad, la docencia‐aprendizaje, hemos de afirmar que un criterio real de evaluación de las universidades está en lo que los estudiantes lleguen a ser y lo que hacen con sus vidas. Esto pone el foco no sólo en el campo intelectual o profesional, sino también en el humano, moral y espiritual, yendo más allá del dinero, la fama, el empleo o el éxito. La universidad no es responsable de las decisiones que toman sus alumnos en el ejercicio de su libertad, pero ha de esforzarse en evaluar el impacto de lo que realiza”. Como educadores estamos implicados en lo que los estudiantes hagan en y con su vida. Ellos decidirán pero a nosotros nos toca plantar algunas semillas. Y dos semillas fundamentales son el amor al conocimiento y la búsqueda de la verdad. Cabe aquí recordar el lema de la Universidad de Deusto: “Sapientia melio auro” (La sabiduría es mejor que el oro).

Las primeras palabras de la introducción del Código deontológico de la profesión docente nos señalan a los educadores el horizonte y razón de ser de nuestro ejercicio: “La educación tiene por objeto lograr el máximo desarrollo de las facultades intelectuales, físicas y emocionales de las nuevas generaciones, y al propio tiempo permitirles adquirir los elementos esenciales de la cultura humana. Tiene por tanto una doble dimensión, individual y social, íntimamente entrelazadas, cuyo cultivo constituye la base de una vida satisfactoria y enriquecedora”. Tenemos que tener presente que a cada uno nos corresponde contribuir a esto desde nuestras disciplinas. Debemos ayudar a ampliar la mente de nuestro alumnado pero eso exige que nosotros también tengamos la mente abierta, que mantengamos vivas las semillas que hemos mencionado que debemos plantar. Algo con lo que los educadores debemos tener mucho cuidado son los prejuicios, ya que son una barrera difícil de salvar en la búsqueda de la verdad y el acercamiento y descubrimiento del otro. Deberíamos tener siempre muy presente el Efecto Pigmalión (inicié la andadura de este blog aludiendo a él). Nunca deberíamos tratar a las personas como lo que son sino como lo que pueden llegar a ser. Cada persona es un mar infinito de posibilidades… y la cultura puede abrir horizontes y puertas que no tienen marcha atrás…

Para terminar unas palabras del gran filósofo Bertrand Russell (quien fuera Premio Nobel de Literatura en 1950).